por decirlo así, de su madre tierra, como niños asustados, deseosos de dormirse sobre el seno marchito de su madre decrépita, y de dormir allí para siempre, solo para escapar de los horrores que los aterrorizan.
“Por mi parte, le deseo al excelente y talentoso joven el mayor de los éxitos; confío en que su idealismo juvenil y su impulso hacia las ideas del pueblo nunca degeneren, como suele suceder, en el aspecto moral hacia un misticismo sombrío, y en el político hacia un chovinismo ciego —dos elementos que constituyen una amenaza aún mayor para Rusia que la prematura decadencia, debida a la incomprensión y a la adopción gratuita de ideas europeas, que padece su hermano mayor—”.
Dos o tres personas aplaudieron al mencionar el chovinismo y el misticismo.
Hipolito Kirílovich se había dejado llevar en verdad por su propia elocuencia. Todo aquello tenía muy poco que ver con el caso que se traían entre manos, por no mencionar el hecho de ser algo vago, pero el hombre enfermizo y tuberculoso se vio superado por el deseo de expresarse una vez en la vida.
Se dijo después que le movían motivos mezquinos en su crítica a Iván, debido a que este último lo había vencido en un par de ocasiones durante alguna discusión, e Hipolito Kirílovich, recordándolo, intentaba ahora vengarse. Pero no sé si será verdad.
Sin embargo, todo esto no era más que una introducción, y el discurso pasó a un examen más directo del caso.
«Pero volviendo al hijo mayor —continuó Hipólito Kirílovich—, él es el prisionero que tenemos ante nosotros. Tenemos ante nosotros su vida y también sus acciones; ha llegado el día fatal y todo ha salido a la luz. Mientras sus hermanos parecen representar el «europeísmo» y «los principios del pueblo», él parece representar a Rusia tal como es.