ocurre una idea muy trivial: ¿y si ese almirez no hubiera estado a la vista, no hubiera estado sobre el estante del que lo arrebató el prisionero, sino que hubiera estado guardado en un armario? No le habría llamado la atención al prisionero, y habría huido sin arma, con las manos vacías, y entonces con toda seguridad no habría matado a nadie. ¿Cómo puedo entonces considerar el almirez como una prueba de premeditación?
“Sí, pero él andaba por las tabernas hablando de asesinar a su padre, y dos días antes, la víspera en que escribió su carta de borracho, estuvo tranquilo y solo se peleó con un dependiente en la taberna, ¡porque un Karamázov no puede evitar pelearse, faltaría más! Pero a eso yo respondo que, si hubiera estado planeando semejante asesinato de acuerdo con su carta, desde luego no se habría peleado ni con un dependiente, y probablemente no habría pisado la taberna, porque una persona que urde un crimen así busca la tranquilidad y el retiro, busca borrarse, evitar que la vean y la oigan, y no por cálculo, sino por instinto. Señores del jurado, el método psicológico es un arma de doble filo, y nosotros también podemos usarlo. En cuanto a todos esos gritos en las tabernas a lo largo del mes, ¿acaso no oímos a menudo a los niños, o a los borrachos al salir de las tabernas, gritar «¡Te mataré!»? Pero no matan a nadie. Y esa carta funesta, ¿no es acaso también simple irritabilidad de borracho? ¿No es sencillamente el grito del pendenciero a las puertas de la taberna: «¡Te mataré! ¡Los mataré a todos!»? ¿Por qué no, por qué no iba a ser eso? ¿Qué razón tenemos para llamar a esa carta «funesta» en vez de «absurda»? Porque han encontrado a su padre asesinado, porque un testigo