echó a correr; llevaba el pañuelo empapado de sangre hecho un ovillo en el puño derecho, y mientras corría se lo metió en el bolsillo trasero de la levita. Corría a más poder, y los pocos transeúntes que se cruzaron con él en la oscuridad de las calles recordaron más tarde haber visto a un hombre corriendo aquella noche. Volvió volando a casa de la viuda Morózov.
Inmediatamente después de que él se hubo marchado aquella tarde, Fenya había corrido hacia el portero mayor, Nazar Ivánovich, y le había suplicado, por el amor de Dios, «que no dejara entrar al capitán ni hoy ni mañana». Nazar Ivánovich se lo prometió, pero subió a ver a su señora, que lo había mandado llamar de repente, y al encontrarse en el camino de subida con su sobrino, un