y el bufón. Aunque el chico intentaba disimular cuánto le desagradaba, veía con el corazón oprimido que su padre era objeto de desprecio, y lo perseguía constantemente el recuerdo del «manojo de estopa» y de aquel «terrible día».
Nina, la hermana bondadosa y tullida de Iliusha, tampoco aprobaba las payasadas de su padre (hacía ya un tiempo que Varvara se había marchado a San Petersburgo para estudiar en la universidad). Pero la madre, medio imbécil, se divertía mucho y se reía de buena gana cuando su marido empezaba a hacer monerías o a representar algo. Era la única forma de distraerla; todo el tiempo restante se la pasaba refunfuñando y quejándose de que ahora todo el mundo la había olvidado, de que nadie la trataba con respeto, de que la despreciaban, y así sucesivamente.
Pero durante los últimos días había cambiado por completo. Había empezado a mirar constantemente la cama de Iliusha, en el rincón, y parecía sumida en sus pensamientos. Estaba más callada, más tranquila y, si lloraba, lo hacía en silencio para que no la oyeran. El capitán notó el cambio en ella con desconcierto apesadumbrado.
Las visitas de los muchachos al principio solo la enojaban, pero más tarde sus gritos alegres y sus relatos empezaron a distraerla, y al final llegaron a agradarle tanto que, si los chicos hubiesen dejado de ir, se habría sentido desolada sin ellos. Cuando los niños contaban alguna historia o jugaban a algo, ella reía y aplaudía. A algunos los llamaba y los besaba. Smurov le gustaba particularmente.
En cuanto al capitán, la presencia en su cuarto de los niños, que habían venido a animar a Iliusha,