y se precipitó hacia casa de Smerdiakov. «Quizá lo mate esta vez», pensó por el camino.
VIII
La tercera y última entrevista con Stepánovuch Smirdiakov
Cuando iba a mitad de camino, el viento seco y cortante que había soplado aquella madrugada volvió a levantarse, y una fina y seca nieve comenzó a caer con espesura. No se posaba en el suelo, sino que el viento la hacía remolinar y pronto se armó una auténtica tormenta de nieve. Apenas había farolas en la zona de la ciudad donde vivía Smerdiakov. Iván caminaba solo en la oscuridad, ajeno a la tormenta, eligiendo el camino por instinto. Le dolía la cabeza y sentía un latigazo doloroso en las sienes. Notaba que las manos se le contraían convulsivamente. No lejos de la casita de María Kondrátievna, Iván se topó de pronto con un paisano solitario y borracho. Llevaba una