Es un momento terrible en la juventud cuando la intimidad del lazo del amor se ha transformado en este poder de exasperación.
A pesar del autocontrol de Rosamond, una lágrima cayó silenciosamente y rodó sobre sus labios. Siguió sin decir nada; pero bajo esa quietud se ocultaba un efecto intenso: sentía un asco tan absoluto hacia su esposo que deseaba no haberlo visto nunca.
La grosería de sir Godwin hacia ella y su absoluta falta de sentimiento lo situaban al mismo nivel que Dover y todos los demás acreedores: gente desagradable que solo pensaba en sí misma y a la que no le importaba lo molestos que resultaran para ella. Incluso su padre era desconsiderado y podría haber hecho más por ellos.
De hecho, en el mundo de Rosamond solo había una persona a la que no considerara digna de reproche, y era esa criatura graciosa de trenzas rubias y manos pequeñas cruzadas ante ella, que jamás se había expresado de manera inconveniente y siempre había actuado por lo mejor, siendo lo mejor, naturalmente, lo que más le gustaba a ella.
Lydgate, deteniéndose y mirándola, empezó a sentir esa sensación semiloca de impotencia que invade a las personas apasionadas cuando su pasión es recibida por un silencio de aspecto inocente cuyo aire dócil y victimizado parece ponerlas en el colmo de la injusticia y, al fin, contagia incluso a la más justa indignación con una duda sobre su propia justicia.
Necesitaba recuperar la plena sensación de que estaba en lo cierto moderando sus palabras.
—¿No ves, Rosamond —volvió a empezar, intentando adoptar un tono simplemente grave y no amargo—, que nada puede ser tan fatal como la falta de franqueza y confianza entre nosotros?