Y poco después de aquella conversación en casa del señor Toller, el vicario se enteró de algo que le hizo estar más atento a cualquier oportunidad de dejarle ver indirectamente a Lydgate que, si quería desahogarse sobre alguna dificultad, había un oído amigo dispuesto a escucharle.
La oportunidad se presentó en casa de los Vincy, donde, el día de Año Nuevo, hubo una fiesta a la que el señor Farebrother fue invitado de forma irresistible, bajo el pretexto de que no debía abandonar a sus viejos amigos en el primer año nuevo de su condición de hombre más importante, siendo rector además de vicario. Y aquella reunión fue enteramente cordial: todas las damas de la familia Farebrother estaban presentes; los hijos de los Vincy cenaron todos a la mesa, y Fred había persuadido a su madre de que, si no invitaba a Mary Garth, los Farebrother lo considerarían un desprecio hacia ellos mismos, ya que Mary era su amiga entrañable. Mary acudió, y Fred estaba de muy buen humor, aunque su gozo era de índole abigarrada: el triunfo de que su madre presenciara la importancia de Mary ante los principales personajes de la fiesta se veía muy entremezclado de celos cuando el señor Farebrother se sentaba a su lado. Antaño, Fred solía estar mucho más tranquilo respecto a sus propias cualidades en los días en que aún no había empezado a temer ser «superado por Farebrother», y este terror seguía ante él. La señora Vincy, en su más pleno esplendor matronal, contempló la pequeña figura de Mary, su cabello ondulado y revuelto y su rostro totalmente carente de azucenas y rosas, y se quedó perpleja, intentando en vano imaginarse a sí misma preocupada por el aspecto de Mary con los vestidos de boda, o sintiendo complacencia ante unos nietos que se «parecieran» a los Garth. Con todo, la fiesta fue alegre, y Mary estuvo especialmente avispada; se alegraba, por el bien de Fred, de que los amigos de este fuesen más