muy cerca de él y vuelta hacia él, con una ruborizada humedad en los ojos que confería un nuevo brillo a su rostro, estaba Rosamond, con la capota colgando hacia atrás, mientras Will, inclinado hacia ella, le sujetaba ambas manos alzadas entre las suyas y le hablaba con fervor de voz baja.
Rosamond, en su agitada absorción, no había notado la silenciosa figura que se acercaba; pero cuando Dorothea, tras el primer instante inconmensurable de aquella visión, retrocedió confusa y se vio impedida por algún mueble, Rosamond reparó repentinamente en su presencia y, con un movimiento espasmódico, apartó las manos y se levantó, mirando a Dorothea, que necesariamente había quedado detenida.
Will Ladislaw, incorporándose de un salto, miró a su alrededor también y, al encontrarse con los ojos de Dorothea, que despedían un nuevo fulgor, pareció convertirse en mármol. Pero ella los desvió de inmediato hacia Rosamond y dijo con voz firme:
—Perdone, señora Lydgate, el criado no sabía que estaba usted aquí. He venido a entregar una carta importante para el señor Lydgate, que deseaba poner en sus propias manos.
Dejó la carta sobre la pequeña mesa que había obstaculizado su retirada y, abarcando a Rosamond y a Will en una distante mirada y una reverencia, salió rápidamente de la habitación; al pasar por el pasillo, se cruzó con la sorprendida Martha, quien le dijo que sentía que la señora no estuviera en casa y luego acompañó a la extraña dama hacia la salida, pensando para sus adentros que la gente distinguida era probablemente más impaciente que la demás.
Dorothea cruzó la calle con su paso más elástico y en seguida estuvo de vuelta en su carruaje.
—Conduzca hasta Freshitt Hall —le dijo al cochero—, y cualquiera que la hubiera mirado habría pensado que, aunque estaba más pálida de lo