Cuando el carruaje se detuvo ante la verja de la Mansión, Dorothea estaba fuera, sobre la gravilla, y salió a recibirlos.
—Pues bien, querida —dijo el señor Brooke—, acabamos de venir de una reunión; una reunión sanitaria, ya sabes.
—¿Estaba allí el señor Lydgate? —dijo Dorothea, que parecía rebosante de salud y animación, y estaba de pie con la cabeza descubierta bajo las resplandecientes luces de abril—. Quiero verle y tener una gran consulta con él sobre el Hospital. Me he comprometido con el señor Bulstrode a hacerlo.
—Oh, querida mía —dijo el señor Brooke—, nos hemos enterado de malas noticias; malas noticias, ya sabes.
Caminaron por el jardín hacia la verja del cementerio, ya que el señor Farebrother quería continuar hacia la vicaría; y Dorothea oyó toda aquella triste historia.
Escuchó con hondo interés y le rogó que le contara por segunda vez los hechos y las impresiones relativos a Lydgate. Tras un breve silencio, deteniéndose ante la verja del cementerio y dirigiéndose al señor Farebrother, dijo con energía:
—¿No cree usted que el señor Lydgate sea culpable de nada ruin? Yo no lo creeré. ¡Averigüemos la verdad y exculpémoslo!