Él tomó su mano y la llevó a sus labios con algo parecido a un sollozo. Pero seguía de pie con el sombrero y los guantes en la otra mano, y bien habría podido pasar por el retrato de un realista. Aun así, resultaba difícil soltar la mano, y Dorothea, retirándola en una confusión que la turbaba, apartó la mirada y se alejo.
—Mira cuán oscuras se han vuelto las nubes y cómo se sacuden los árboles —dijo, caminando hacia la ventana, aunque hablando y moviéndose con una vaga conciencia de lo que hacía.
Will la siguió a poca distancia y se apoyó en el alto respaldo de un sillón de cuero, sobre el cual se atrevió ahora a dejar su sombrero y sus guantes, librándose de la intolerable tiza de la formalidad a la que por primera vez se había visto condenado en presencia de Dorothea. Hay que confesar que se sentía muy feliz en aquel momento, apoyado en el sillón. No le temía mucho a nada de lo que ella