Lydgate advirtió un intercambio peculiar de miradas cuando él y Bulstrode tomaron sus asientos.
Después de que el asunto hubiera sido inaugurado formalmente por el presidente, quien señaló las ventajas de adquirir mediante suscripción un terreno lo suficientemente grande como para que en el futuro se utilizara como cementerio general, el señor Bulstrode, a cuya voz, de tono más bien alto pero apagado y fluido, la ciudad estaba acostumbrada en reuniones de esta índole, se levantó y pidió permiso para exponer su opinión.
Lydgate pudo ver nuevamente el peculiar intercambio de miradas antes de que el señor Hawley se pusiera de pie y dijera con su voz firme y resonante: «Señor Presidente, solicito que, antes de que nadie exponga su opinión sobre este punto, se me permita hablar sobre una cuestión de sentimiento público que, no solo por mí, sino por muchos caballeros presentes, se considera preliminar».
El modo de hablar del señor Hawley, aun cuando el decoro público reprimía su «lenguaje terrible», imponía por su concisión y seguridad en sí mismo.
El señor Thesiger aprobó la petición, el señor Bulstrode tomó asiento y el señor Hawley continuó.
“En lo que tengo que decir, señor presidente, no hablo simplemente en mi propio nombre: hablo con la anuencia y a petición expresa de nada menos que ocho de mis conciudadanos, que se encuentran aquí mismo, entre nosotros. Es nuestro sentimiento unánime que se le deba pedir al señor Bulstrode —y yo se lo pido ahora— que renuncie a los cargos públicos que ostenta no meramente en calidad de contribuyente, sino como un caballero entre caballeros. Hay prácticas y hay actos que, debido a las circunstancias, la ley no puede castigar, aunque puedan ser peores que muchas cosas que son legalmente punibles. Los hombres