modo se había adulterado el tratamiento de Raffles con una mala intención. Las deducciones estaban lo suficientemente enlazadas; el pueblo sabía del préstamo, creía que era un soborno y creía que él lo había aceptado como tal.
Pobre Lydgate, con la mente forcejeando bajo el terrible abrazo de esta revelación, se vio moralmente obligado todo el tiempo a llevar al señor Bulstrode al Banco, enviar a un hombre por su carruaje y esperar para acompañarlo a casa.
Entre tanto se despacharon los asuntos de la reunión, y esta se deshilachó en una discusión entusiasta entre varios grupos acerca de este asunto de Bulstrode y Lydgate.
Mr. Brooke, que hasta entonces solo había oído insinuaciones vagas al respecto, y estaba muy inquieto por haber «ido un poco demasiado lejos» al respaldar a Bulstrode, se informó ahora por completo, y sintió cierta