Su voz había bajado mucho: la embargaba el temor de excederse y de hablar como si ella misma fuera la perfección dirigiéndose al error. Estaba demasiado consumida por su propia ansiedad como para percatarse de que Rosamond también temblaba; y, dominada por la necesidad de expresar una compasión solidaria más que un reproche, colocó sus manos sobre las de Rosamond y dijo con una rapidez más agitada: —Sé, sé que ese sentimiento puede ser muy querido... se ha apoderado de nosotras sin darnos cuenta... es tan difícil, puede parecerse a la muerte desprenderse de él... y somos débiles... yo soy débil...
Las olas de su propio dolor, de entre las cuales luchaba por salvar a otro, se abatieron sobre Dorothea con fuerza arrolladora. Se detuvo con una agitación muda, sin llorar, pero sintiendo como si la estuvieran combatiendo por dentro. Su rostro había adquirido una palidez más mortal, sus labios temblaban y presionó con impotencia sus manos sobre las que yacían bajo ellas.
Rosamond, dominada por una emoción más fuerte que la suya propia, arrastrada por un nuevo impulso que confería a todas las cosas un aspecto nuevo, terrible e indefinido, no pudo encontrar palabras, pero involuntariamente acercó sus labios a la frente de Dorothea, que estaba muy cerca de ella, y durante un minuto ambas mujeres se abrazaron como si hubieran naufragado.
—Estás pensando algo que no es verdad —dijo Rosamond en un entusiasta medio susurro, mientras aún sentía los brazos de Dorothea rodeándola, impulsada por una misteriosa necesidad de liberarse de algo que la oprimía como si fuera una culpa de sangre.
Se separaron, mirándose el uno al otro.
—Cuando entraste ayer... no fue como pensaste —dijo Rosamond con el mismo tono.