Aunque su duplicidad en el asunto de la casa había superado lo que él sabía, y en realidad había impedido que los Plymdale se enteraran, ella no tenía conciencia de que su actuación pudiera llamarse con propiedad falsedad. No estamos obligados a clasificar nuestros propios actos según una estricta taxonomía, del mismo modo que no lo estamos con las materias primas de nuestra despensa y nuestra ropa. Rosamond sentía que era la agraviada, y que eso era lo que Lydgate tenía que reconocer.
En cuanto a él, la necesidad de amoldarse a la naturaleza de ella, la cual era inflexible en proporción a sus negaciones, lo tenía como con tenazas.
Había empezado a albergar una premonición alarmada de la pérdida irrevocable del amor de ella por él, y la consiguiente desolación de la vida en común. La presteza y plenitud de sus emociones hacían que este temor alternara rápidamente con los primeros impulsos violentos de su ira. Habría sido ciertamente una vanagloria por su parte decir que él era su amo.
«No me has hecho la vida agradable últimamente»—«las penalidades que nuestro matrimonio me ha traído»—estas palabras le irritaban la imaginación como un dolor provoca un sueño exagerado. ¿Y si no solo renunciaba a su más alto propósito, sino que caía en la espantosa y encadenadora trampa del odio doméstico?
—Rosamond —dijo, volviendo hacia ella los ojos con una mirada melancólica—, deberías disculpar las palabras de un hombre cuando está decepcionado y contrariado. Tú y yo no podemos tener intereses opuestos. No puedo separar mi felicidad de la tuya. Si estoy enojado contigo, es porque pareces no ver cómo cualquier ocultamiento nos separa. ¿Cómo iba a desear hacerte nada difícil ni con mis palabras ni con mis actos? Cuando te hago daño, hago daño a una parte de mi propia vida. Nunca estaría enojado contigo si fueras totalmente abierta conmigo.