sentía en oposición a la suya propia estaba grabándose a fuego y mordiscos en su conciencia. Cuando Will hubo dejado de hablar, ella se había convertido en una imagen de miseria enfermiza: sus labios estaban pálidos, y sus ojos tenían una consternación sin lágrimas. Si hubiera sido Tertius quien se hallaba frente a ella, esa mirada de miseria habría sido una punzada para su corazón, y se habría derrumbado a su lado para consolarla, con ese consuelo de brazos fuertes que ella a menudo había tenido en muy poco.
Séale perdonado a Will el no haber sentido tal impulso de piedad. No había sentido ningún lazo previo con aquella mujer que había arruinado el tesoro ideal de su vida, y se consideraba libre de culpa. Sabía que era cruel, pero aún no albergaría compasión alguna.
Después de que hubo terminado de hablar, todavía se movió de un lado a otro, casi distraído, y Rosamond permaneció completamente inmóvil. Al fin Will, pareciendo recapacitar, tomó su sombrero, pero se quedó unos momentos indeciso. Le había hablado de un modo que hacía difícil pronunciar una frase de cortesía común; y sin embargo, ahora que había llegado al punto de apartarse de ella sin más palabras, se rehusaba a hacerlo por considerarlo una brutalidad; se sentía frenado y aturdido en su enojo. Caminó hacia la chimenea, apoyó en ella el brazo y esperó en silencio —apenas sabía qué—. El fuego vindicativo aún ardía en su interior y no podía pronunciar ninguna palabra de retractación; pero no obstante tenía en mente que, habiendo regresado a este hogar donde había disfrutado de una amistad afectuosa, había encontrado la calamidad sentada allí —se le había revelado de repente un problema que yacía fuera del hogar tanto como dentro de él—. Y lo que parecía un presentimiento le oprimía como con pinzas lentas: que su vida pudiera llegar a ser esclavizada por esta mujer desvalida que se había arrojado sobre él en la lúgubre tristeza de su corazón. Pero se encontraba en sombría rebelión contra el hecho que su rápida perspicacia le auguraba, y