He aquí un asunto de peso que, con solo lograr asirlo, sin duda mantendría su mente firme. Por desgracia, su mente se desvió de él durante una hora entera; y al cabo de ese tiempo se descubrió a sí misma leyendo frases dos veces con una intensa conciencia de muchas cosas, pero de ninguna de las contenidas en el texto. Esto no tenía remedio. ¿Debería pedir el carruaje e ir a Tipton? No; por una u otra razón prefería quedarse en Lowick. Pero su mente errabunda debía ser reducida al orden: había un arte en la autodisciplina; y dio vueltas y más vueltas por la biblioteca de tonos marrones considerando mediante qué clase de ardid podría detener sus pensamientos divagantes. Tal vez una mera tarea fuera el mejor medio: algo a lo que tuviera que entregarse con tesón. ¿No estaba acaso la geografía de Asia Menor, con la que el señor Casaubon le había reprochado a menudo su flojera? Fue al mueble de los mapas y desenrolló uno: aquella mañana podría cerciorarse de una vez por todas de que Paflagonia no estaba en la costa levantina, y fijar su total ignorancia sobre los cálibes firmemente en las orillas del Ponto Euxino. Un mapa era una gran cosa para estudiar cuando uno estaba propenso a pensar en otra cosa, al estar compuesto de nombres que se convertían en un tintineo si uno los repasaba. Dorothea se puso a trabajar con seriedad, inclinándose mucho sobre su mapa y pronunciando los nombres en un tono audible y apagado que a menudo se tornaba en tintineo. Parecía entrañablemente aniñada después de toda su profunda experiencia: asintiendo con la cabeza y señalando los nombres con los dedos, con los labios levemente fruncidos y deteniéndose de vez en cuando para llevarse las manos a ambos lados de la cara y decir: «¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!».
No había ninguna razón por la que esto debiera terminar más que un tiovivo; pero al fin se vio interrumpido por la apertura de la puerta y el anuncio de la señorita Noble.