“¡Perdóname por esta miseria, mi pobre Rosamond! Amémonos el uno al otro nada más.”
Ella lo miró en silencio, aún con la absoluta desesperación en el rostro; pero entonces las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos azules, y le tembló el labio. El hombre fuerte había tenido que soportar demasiado ese día. Dejó caer su cabeza junto a la de ella y sollozó.
No le impidió ir a ver a su padre temprano por la mañana; ahora le parecía que no debía impedirle hacer lo que le plagiere. En media hora ella regresó y dijo que papá y mamá querían que fuera a quedarse con ellos mientras las cosas estuvieran en ese estado deplorable. Papá había dicho que no podía hacer nada respecto a la deuda; si pagaba esa, habría media docena más. Era mejor que volviera a casa hasta que Lydgate le hubiera conseguido un hogar cómodo. «¿Te opones, Tertius?».
—Haz lo que quieras —dijo Lydgate—. Pero las cosas no van a llegar a una crisis de inmediato. No hay prisa.
—No debería irme hasta mañana —dijo Rosamond—; tendré que hacer la maleta.
—Oh, yo esperaría un poco más de mañana; no hay forma de saber lo que puede pasar —dijo Lydgate con amarga ironía—. Puede que me rompa el cuello, y eso puede facilitarle las cosas a usted.
Fue desgracia de Lydgate, y de Rosamond también, que su ternura hacia ella —que era tanto un impulso emocional como una decisión bien meditada— se viera inevitablemente interrumpida por aquellos estallidos de indignación, ya fuesen irónicos o reprobatorios. Ella los consideraba totalmente injustificados, y la repulsión que esta severidad excepcional despertaba en ella corría el peligro de hacer inaceptable la ternura más constante.