Mr. Brooke asintió hacia Sir James, sintiendo que al mismo tiempo demostraba su propia firmeza de resolución y aplacaba lo que había de justiciero en el enojo del Baronet. Había dado con un modo más ingenioso de esquivar el golpe de lo que él mismo imaginaba. Había tocado un motivo del cual Sir James se avergonzaba. El grueso de su sentimiento respecto al matrimonio de Dorothea con Ladislaw se debía en parte a un prejuicio comprensible, o incluso a una opinión justificable, y en parte a una repugnancia celosa casi tan intensa en el caso de Ladislaw como en el de Casaubon. Estaba convencido de que el matrimonio era funesto para Dorothea. Pero en medio de esa masa corría una vena que él era un hombre demasiado bueno y honorable para gustar de admitir, siquiera ante sí mismo: era innegable que la unión de las dos haciendas —Tipton y Freshitt—, enmarcadas encantadoramente en un mismo perímetro, era una perspectiva que lo hacía albergar halagüeñas expectativas para su hijo y heredero. De modo que, cuando Mr. Brooke apeló con un movimiento de cabeza a ese motivo, Sir James sintió un repentino embarazo; se le hizo un nudo en la garganta; incluso se sonrojó. Había encontrado más palabras de las habituales en el chorro inicial de su cólera, pero la propiciación de Mr. Brooke trabó su lengua mucho más que la sugerencia cáustica de Mr. Cadwallader.
Pero Celia se alegró de tener espacio para hablar tras la sugerencia de su tío sobre la ceremonia matrimonial, y dijo, aunque con tan poca efusividad en los modales como si la cuestión hubiera girado en torno a una invitación a cenar: —¿Te refieres a que Dodo se va a casar inmediatamente, tío?
—En tres semanas, ya sabes —dijo el señor Brooke, desvalido—. No puedo hacer nada para impedirlo, Cadwallader —añadió, volviéndose buscando un poco de apoyo hacia el rector, el cual dijo—