Para su sorpresa, el señor Bulstrode no respondió. Una lucha se libraba en su interior.
—Creo que debe de morirse por falta de apoyo, si sigue de esa manera. Cuando cuidé a mi pobre amo, el señor Robisson, tuve que darle vino de Oporto y brandy constantemente, y un buen vaso de una sola vez —añadió la señora Abel, con un toque de reproche en el tono.
Pero de nuevo el señor Bulstrode no contestó enseguida, y ella continuó: —No es momento de escatimar cuando la gente está a las puertas de la muerte, ni usted lo desearía, señor, estoy segura. Si no, yo misma le daría nuestra botella de ron que tenemos guardada. Pero habiendo estado usted velándole como ha estado, y haciendo todo cuanto ha estado en sus manos...
Aquí se pasó una llave por la rendija de la puerta, y el señor Bulstrode dijo con voz ronca: «Esa es la llave del botellero. Encontrará allí mucho coñac».
Temprano por la mañana —alrededor de las seis—, el señor Bulstrode se levantó y pasó un rato en oración. ¿Supone alguien que la oración privada es necesariamente sincera, que va necesariamente a la raíz de los actos? La oración privada es un discurso inaudible, y el discurso es representativo: ¿quién puede representarse a sí mismo tal como es, ni siquiera en sus propias reflexiones? Bulstrode todavía no había desentrañado en su pensamiento los confusos estímulos de las últimas veinticuatro horas.
Él escuchó en el pasillo, y pudo oír una respiración ruda y estertórea.
Luego salió al jardín y contempló la escarcha temprana sobre el césped y las hojas frescas de primavera.
Cuando volvió a entrar en la casa, se sintió sobresaltado al ver a la señora Abel.