ahora Selina, tal como la señora Hackbutt lo había hecho antes, evitaba prestar atención a lo que ella decía sobre su marido, como habrían evitado reparar en un defecto físico.
Se despidió con nerviosa prisa y le dijo al cochero que se dirigiera al almacén del señor Vincy. En aquel corto trayecto, su temor cobró tanta fuerza a causa de la sensación de oscuridad que, al entrar en el despacho privado donde su hermano estaba sentado a su escritorio, le temblaban las rodillas y su rostro, habitualmente encendido, estaba mortalmente pálido. Algo de ese mismo efecto produjo en él la visión de ella: se levantó de su asiento para recibirla, la tomó de la mano y dijo, con su impetuosa temeridad:
¡Dios te ampare, Harriet! tú lo sabes todo.
Aquel momento fue tal vez peor que cualquiera de los que vinieron después. Contenía esa experiencia condensada que, en las grandes crisis de la emoción, revela la inclinación de una naturaleza y es profética del acto definitivo que pondrá fin a una lucha intermedia.
Sin ese recuerdo de Raffles ella tal vez habría pensado solo en la ruina monetaria, pero ahora, junto con la mirada y las palabras de su hermano, acudió rauda a su mente la idea de cierta culpa en su marido —luego, bajo los efectos del terror, vino la imagen de su marido expuesto a la desvergüenza— y después, tras un instante de abrasadora vergüenza en el que solo sintió los ojos del mundo, con un solo vuelco del corazón se puso a su lado en una dolorosa pero irreprochable camaradería con la vergüenza y el aislamiento.
Todo esto ocurrió en su interior en un mero destello de tiempo —mientras se dejaba caer en la silla y levantaba los ojos hacia su hermano, que seguía de pie ante ella.
—No sé nada, Walter. ¿De qué se trata? —dijo ella débilmente.