Ya hay guerra civil dentro del alma: El Propósito es derrocado del sagrado trono Por clamorosas Necesidades, y el Orgullo, el gran visir, Hace humilde pacto, adopta el papel flexible De emisario y elocuente apologista De hambrientos rebeldes.
Por fortuna, Lydgate había terminado perdiendo en la sala de billar, y no se llevó ningún estímulo para lanzarse a tentar a la suerte. Por el contrario, al día siguiente sintió un disgusto absoluto consigo mismo cuando tuvo que pagar cuatro o cinco libras por encima de sus ganancias, y arrastró consigo una visión de lo más desagradable de la figura que había hecho, no solo codeándose con los hombres del Green Dragon, sino comportándose exactamente igual que ellos. Un filósofo caído en la tentación de las apuestas apenas se distingue de un filisteo en las mismas circunstancias: la diferencia se hallará principalmente en sus posteriores reflexiones, y Lydgate rumió un desagradable bocado en ese sentido. Su raciocinio le indicó cómo el asunto podría haberse magnificado hasta la ruina con un ligero cambio de escenario —si hubiera entrado en una casa de juego, donde el azar pudiera aferrarse con ambas manos en vez de recogerse con el pulgar y el índice—. No obstante, aunque la razón estranguló el deseo de apostar, quedó el sentimiento de que, con la seguridad de tener la suerte necesaria, le habría gustado apostar, antes que tomar la alternativa que empezaba a imponerse como inevitable.
Esa alternativa era acudir al señor Bulstrode. Lydgate se había jactado tantas veces, tanto ante sí mismo como ante los demás, de ser totalmente independiente de Bulstrode —a cuyos planes se había prestado únicamente porque le permitían llevar a cabo sus propias ideas de labor profesional y beneficio público—, había mantenido con tanta constancia en su trato personal su orgullo sustentado por la sensación de que estaba