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nydus/MiddlemarchPublic
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LXXX

buscados por su imaginación: le eran elegidos. Anhelaba el Bien perfecto, para que este erigiera un trono en su interior y gobernara su voluntad errante. «¿Qué debería hacer⁠—cómo debería actuar ahora, este mismo día, si pudiera aferrar mi propio dolor, obligarlo a silenciarse y pensar en esos tres?».

Había tardado mucho en llegar a esa pregunta, y entraba luz a raudales en la habitación. Abrió las cortinas y miró hacia el trozo de carretera que se veía, con campos más allá, fuera de las puertas de entrada. En el camino había un hombre con un hato a la espalda y una mujer que llevaba a su bebé; en el campo podía ver figuras que se movían, tal vez el pastor con su perro. A lo lejos, en el cielo que se curvaba, brillaba la luz perlada; y sintió la inmensidad del mundo y los múltiples despertares de los hombres hacia el trabajo y la resistencia. Ella formaba parte de esa vida involuntaria y palpitante, y no podía contemplarla desde su lujoso refugio como una mera espectadora, ni ocultar sus ojos en una quejosa actitud egoísta.

Lo que se proponía hacer aquel día aún no parecía muy claro del todo, pero algo que podía llevar a cabo la conmovía como con un murmullo cercano que pronto cobraría nitidez.

Se quitó la ropa, que parecía cargar con algo del cansancio de una dura vigilia, y comenzó a arreglarse.

Al poco tiempo llamó a Tantripp, quien entró en bata.

—Pues, señora, no se ha acostado en toda la bendita noche —prorrumpió Tantripp, mirando primero a la cama y luego al rostro de Dorothea que, a pesar de haberse lavado, tenía las mejillas pálidas y los párpados enrojecidos de una mater dolorosa—. Se va a matar, eso es lo que va a hacer... Cualquiera diría ahora que tiene derecho a darse un poco de consuelo.

—No se alarme, Tantripp —dijo Dorothea, sonriendo—. He dormido; no estoy enferma. Me alegrará tomar una taza de café tan pronto como

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