“Me he visto arrastrado a dificultades de dinero de las que no veo salida, a menos que alguien que confíe en mí y en mi porvenir me adelante una cantidad sin otra garantía. Me quedaba muy poca fortuna cuando vine aquí. No tengo perspectivas de dinero por parte de mi propia familia. Mis gastos, a consecuencia de mi matrimonio, han sido mucho mayores de lo que esperaba. El resultado en este momento es que harían falta mil libras para ponerme a flote. Es decir, para librarme del riesgo de que vendan todos mis bienes como garantía de mi mayor deuda —así como para pagar mis otras deudas— y que quede algo para mantenernos un poco desahogados con nuestros escasos ingresos. Me parece fuera de toda duda que el padre de mi esposa le haga un adelanto semejante. Por eso le menciono mi situación a—al único otro hombre del que puede considerarse que tiene alguna relación personal con mi prosperidad o mi ruina”.
Lydgate detestaba oírse a sí mismo. Pero ya había hablado, y lo había hecho con una franqueza inconfundible. El señor Bulstrode respondió sin prisa, pero tampoco sin vacilación.
—Me entristece, aunque, lo confieso, esta información no me sorprende, señor Lydgate. Por mi parte, lamenté su alianza con la familia de mi cuñado, que siempre ha tenido hábitos pródigos y que ya me debe mucho por el sostén en su actual posición. Mi consejo para usted, señor Lydgate, sería que, en lugar de involucrarse en más obligaciones y continuar con una lucha dudosa, se declare simplemente en bancarrota.
—Eso no mejoraría mis perspectivas —dijo Lydgate, levantándose y hablando con amargura—, aun en el caso de que fuera algo más agradable en sí mismo.