—Nunca has sentido la clase de miseria que sentí yo —dijo Will—; la miseria de saber que debías despreciarme.
“Pero me he sentido peor; peor era pensar mal—” había comenzado Dorothea con impetuosidad, pero se detuvo.
Will enrojeció. Tuvo la sensación de que cuanto ella decía se enunciaba bajo la visión de una fatalidad que los mantenía separados. Guardó silencio un momento y luego dijo con pasión—
“Podemos al menos tener el consuelo de hablar sin disfraces el uno con el otro. Puesto que debo marcharme —puesto que hemos de estar siempre separados— puedes pensar en mí como en alguien al borde del sepulcro”.
Mientras hablaba hubo un vivo relámpago que iluminó a cada uno para el otro—y la luz pareció ser el terror de un amor sin esperanza. Dorothea se apartó instantáneamente de la ventana; Will la siguió, asiéndola de la mano con un movimiento espasmódico; y así se quedaron, con las manos entrelazadas, como dos niños, mirando hacia la tormenta, mientras el trueno daba un estallido y un rodar tremendo sobre ellos, y la lluvia comenzaba a precipitarse. Entonces volvieron sus rostros el uno hacia el otro, con el recuerdo de sus últimas palabras dentro de ellos, y no se soltaron las manos.
—No hay esperanza para mí —dijo Will—. Aunque me amaras tanto como yo te amo a ti, aunque yo lo fuera todo para ti, lo más probable es que siempre sea muy pobre; haciendo un cálculo sobrio, uno no puede contar más que con un destino mediocre. Es imposible que lleguemos a pertenecernos jamás. Tal vez sea una bajeza por mi parte haberte pedido una palabra. Tenía la intención de marcharme en silencio, pero no he sido capaz de hacer lo que pretendía.