CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/MiddlemarchPublic
Página 1061 de 1251
Table of Contents

LXX

Por muchas plegarias que elevara, por muchas declaraciones que hiciera en su fuero interno acerca de la desgraciada condición espiritual de aquel hombre y del deber que le incumbía de someterse al castigo que le había sido divinamente asignado antes que desear el mal para otro —a través de todo ese esfuerzo por condensar las palabras en un estado mental sólido—, las imágenes de los acontecimientos que deseaba se abrieron paso y se propagaron con una viveza irresistible. Y tras esas imágenes llegó su justificación. No pudo por menos que ver la muerte de Raffles, y ver en ella su propia salvación. ¿Qué significaba la eliminación de esta criatura desgraciada? Era impenitente —pero ¿acaso no eran impenitentes los criminales públicos?—, y sin embargo la ley decidía sobre su destino. Si la Providencia en este caso decretaba la muerte, no había pecado en contemplar la muerte como el desenlace deseable —si apartaba sus manos de precipitarla—, si cumplía escrupulosamente lo prescrito. Incluso en esto podía haber un error: las prescripciones humanas eran cosas falibles; Lydgate había dicho que el tratamiento había precipitado la muerte... ¿por qué no su propio método de tratamiento? Pero, por supuesto, la intención lo era todo en la cuestión del bien y del mal.

Y Bulstrode se propuso mantener su intención separada de su deseo. Interiormente declaró que tenía la intención de obedecer las órdenes. ¿Por qué iba a enredarse en ninguna discusión sobre la validez de estas órdenes?

Era tan solo el ardid habitual del deseo —que se vale de cualquier escepticismo irrelevante, hallando mayor margen para sí mismo en toda incertidumbre sobre los efectos, en cada oscuridad que se asemeja a la ausencia de ley—.

Aun así, obedeció las órdenes.

1061