dárselos. A mi juicio, los hombres en su estado mueren más a menudo por el tratamiento que por la enfermedad. Aun así, pueden surgir nuevos síntomas. Volveré mañana por la mañana”.
Tras esperar a que se llevara la nota a la señora Bulstrode, Lydgate se marchó sin hacer conjeturas, en un primer momento, sobre la historia de Raffles, sino repasando todo el argumento —que últimamente se había visto muy agitado por la publicación de la vasta experiencia del doctor Ware en América— acerca del modo correcto de tratar casos de intoxicación alcohólica como este.
Lydgate, cuando estuvo en el extranjero, ya se había interesado por esta cuestión: estaba firmemente convencido de que la práctica imperante de permitir el alcohol y administrar persistentemente grandes dosis de opio era errónea, y había actuado reiteradamente según esta convicción con un resultado favorable.
—El hombre está enfermo —pensó—, pero todavía le queda mucha vida por delante. Supongo que es objeto de la caridad de Bulstrode. Es curioso qué zonas de dureza y de ternura conviven en el carácter de los hombres. Bulstrode me parece el tipo más antipático que he conocido en cuanto a cierta gente, y sin embargo se ha tomado infinita molestia, y ha gastado muchísimo dinero, en obras benéficas. Supongo que tiene algún criterio para averiguar a quiénes protege el Cielo... y se ha convencido de que a mí no me protege.
Este rastro de amargura provenía de una fuente copiosa, y fue ensanchándose en el curso de sus pensamientos a medida que se acercaba a Lowick Gate. No había estado allí desde su primera entrevista con Bulstrode por la mañana, tras haber sido hallado en el Hospital por el mensajero del banquero; y por primera vez regresaba a su hogar sin la visión de ningún recurso provisional en el horizonte que le dejara la esperanza de reunir