intención de tocar y luego desistía, quedándose sin embargo en la banqueta con los dedos blancos suspendidos sobre el frontal de madera y mirando al frente con un hastío soñador. Su melancolía se había vuelto tan marcada que Lydgate sentía una extraña timidez ante ella, a modo de perpetuo y silencioso reproche, y el hombre fuerte, dominado por su aguda sensibilidad hacia esta criatura bella y frágil cuya vida parecía haber maltratado de algún modo, esquivaba su mirada y a veces se estremecía ante su acercamiento, volviendo el miedo hacia ella y por ella a abalanzarse con mayor fuerza aún después de haber sido momentáneamente expulsado por la exasperación.
Pero esta mañana Rosamond bajó de su habitación de arriba—donde a veces se quedaba todo el día cuando Lydgate estaba fuera—ataviada para dar un paseo por el pueblo. Tenía una carta que echar al correo—una carta dirigida al Sr. Ladislaw y escrita con encantador tacto, pero destinada a apresurar su llegada mediante un indicio de problemas. La criada, su única empleada doméstica ahora, la vio bajar las escalera con su vestido de paseo y pensó que «jamás hubo nadie que pareciera tan bonita con un sombrero, pobrecita».
Mientras tanto, la mente de Dorothea estaba llena de su proyecto de ir a ver a Rosamond, y de los muchos pensamientos, tanto del pasado como del futuro probable, que se agolpaban en torno a la idea de esa visita. Hasta ayer, cuando Lydgate le había dejado ver un atisbo de algún problema en su vida conyugal, la imagen de la señora Lydgate siempre había estado asociada en ella a la de Will Ladislaw. Incluso en sus momentos más inquietos —incluso cuando se había visto agitada por el informe dolorosamente gráfico de las habladurías de la señora Cadwallader—, su esfuerzo, más aún, su impulso más vehemente, se había dirigido a vindicar a Will de cualquier conjetura desdorosa; y cuando, en su posterior encuentro con él, había interpretado al principio