Dorothea, cediendo con inquietud a este desaliento, fue con Celia a la biblioteca, que era su salón habitual.
—Ahora, Dodo, escucha lo que dice James —dijo Celia—, de lo que te meterás en un lío. Siempre lo has hecho, y siempre lo harás, cuando te empeñas en hacer lo que te plazca.
Y creo que es una gracia del cielo, a fin de cuentas, que hayas conseguido que James piense por ti. Él te deja llevar a cabo tus planes, solo que te impide que te dejes engañar. Y esa es la ventaja de tener un hermano en lugar de un marido. Un marido no te dejaría llevar a cabo tus planes.
—¡Como si yo quisiera un marido! —dijo Dorothea—. Solo quiero que no me coarten los sentimientos a cada paso. La señora Casaubon seguía siendo tan indisciplinada como para prorrumpir en lágrimas de ira.
—Vamos, en serio, Dodo —dijo Celia, con un tono gutural más profundo que de costumbre—, eres contradictoria: primero una cosa y luego otra. Te solías someter al señor Casaubon de forma bastante vergonzosa: creo que habrías dejado de venir a verme si él te lo hubiera pedido.
—Por supuesto que me sometí a él, porque era mi deber; era lo que sentía por él —dijo Dorothea, mirando a través del prisma de sus lágrimas.
—Entonces, ¿por qué no puedes considerar tu deber ceder un poco a lo que desea James? —dijo Celia, sintiendo todo el peso de su argumento—. Porque él solo desea lo que es para tu propio bien. Y, por supuesto, los hombres lo saben todo mejor, excepto lo que las mujeres saben mejor.
Dorothea se rio y olvidó sus lágrimas.
—Bueno, me refiero a los bebés y esas cosas —explicó Celia—. Yo no cedería ante James cuando sé que se equivoca, como solías hacer tú con el señor Casaubon.