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nydus/MiddlemarchPublic
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LXXX

sea posible. Y quiero que me traiga mi vestido nuevo; y lo más seguro es que hoy quiera también mi sombrero nuevo.

“Ahí llevan más de un mes esperándola, señora, y bien agradecida estaré de verla con un par de libras menos de crespón”, dijo Tantripp, agachándose para encender el fuego.

“Hay una razón en el luto, como siempre he dicho; y tres dobleces en el bajo de la falda y una jareta sencilla en el sombrero —y si alguna vez alguien ha parecido un ángel, es usted con una jareta de red— es lo propio para un segundo año. Al menos, eso pienso yo”, terminó Tantripp, mirando con ansiedad el fuego; “y si alguien se casara conmigo halagándose de que voy a llevar esas hijeus lorzas de luto dos años por él, se engañaría por su propia vanidad, eso es todo”.

—El fuego servirá, mi buen Tan —dijo Dorothea, hablando como solía hacerlo en los viejos tiempos de Lausana, solo que con voz muy baja—; tráeme el café.

Se acurrucó en el sillón grande y recostó la cabeza en él con fatigada quietud, mientras Tantripp se alejaba preguntándose por esa extraña contradicción en su joven ama: que justamente la mañana en que tenía más cara de viuda que nunca, hubiera pedido su luto más ligero, al que había renunciado antes.

Tantripp jamás habría encontrado la clave de este misterio. Dorothea deseaba reconocer que ante sí tenía una vida no menos activa por haber enterrado una alegría íntima; y la tradición de que las prendas nuevas pertenecen a toda iniciación, rondando por su mente, le hacía aferrarse incluso a esa ligera ayuda exterior en pro de una resolución serena.

Porque la resolución no era fácil.

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