En cuanto a Bulstrode, había montado a caballo casi de inmediato y se había puesto en camino hacia Stone Court, con el deseo de llegar antes que Lydgate.
Su mente estaba poblada de imágenes y conjeturas, que constituían un lenguaje para sus esperanzas y temores, del mismo modo que percibimos notas a partir de las vibraciones que sacuden todo nuestro organismo.
La profunda humillación con la que se había retorcido al saber que Caleb Garth conocía su pasado y al rechazar este su patrocinio, alternaba con la sensación de seguridad —y casi cedía ante ella— de que Garth, y no otro, hubiera sido el hombre con quien Raffles había hablado.
Le parecía una especie de garantía de que la Providencia pretendía rescatarle de peores consecuencias; quedando así abierto el camino para la esperanza del secreto.
Que Raffles estuviera afligido por una enfermedad, que hubiera sido llevado a Stone Court en lugar de a cualquier otro sitio—el corazón de Bulstrode aleteaba ante la visión de probabilidades que estos acontecimientos evocaban.
Si resultaba que se veía libre de todo peligro de deshonra—si podía respirar en perfecta libertad—, su vida estaría más consagrada que nunca antes.
Mentalmente elevó este voto como si fuera a impeler el resultado que tanto ansiaba—se esforzó en creer en la potencia de aquella resolución revestida de oración—, en su potencia para decidir la muerte.
Sabía que debía decir: «Hágase tu voluntad»; y lo decía a menudo. Pero seguía latente el intenso deseo de que la voluntad de Dios fuera la muerte de aquel hombre aborrecido.
Sin embargo, cuando llegó a Stone Court, no pudo ver el cambio en Raffles sin sufrir una conmoción.