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nydus/MiddlemarchPublic
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LXIX

En cuanto a Bulstrode, había montado a caballo casi de inmediato y se había puesto en camino hacia Stone Court, con el deseo de llegar antes que Lydgate.

Su mente estaba poblada de imágenes y conjeturas, que constituían un lenguaje para sus esperanzas y temores, del mismo modo que percibimos notas a partir de las vibraciones que sacuden todo nuestro organismo.

La profunda humillación con la que se había retorcido al saber que Caleb Garth conocía su pasado y al rechazar este su patrocinio, alternaba con la sensación de seguridad —y casi cedía ante ella— de que Garth, y no otro, hubiera sido el hombre con quien Raffles había hablado.

Le parecía una especie de garantía de que la Providencia pretendía rescatarle de peores consecuencias; quedando así abierto el camino para la esperanza del secreto.

Que Raffles estuviera afligido por una enfermedad, que hubiera sido llevado a Stone Court en lugar de a cualquier otro sitio⁠—el corazón de Bulstrode aleteaba ante la visión de probabilidades que estos acontecimientos evocaban.

Si resultaba que se veía libre de todo peligro de deshonra⁠—si podía respirar en perfecta libertad⁠—, su vida estaría más consagrada que nunca antes.

Mentalmente elevó este voto como si fuera a impeler el resultado que tanto ansiaba⁠—se esforzó en creer en la potencia de aquella resolución revestida de oración⁠—, en su potencia para decidir la muerte.

Sabía que debía decir: «Hágase tu voluntad»; y lo decía a menudo. Pero seguía latente el intenso deseo de que la voluntad de Dios fuera la muerte de aquel hombre aborrecido.

Sin embargo, cuando llegó a Stone Court, no pudo ver el cambio en Raffles sin sufrir una conmoción.

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