del día de su propio entendimiento entrara entre las extrañas lámparas de colores mediante las cuales Dodo solía ver las cosas—. Y Celia, ya convertida en matrona, se sentía naturalmente más capaz de aconsejar a su hermana sin hijos. ¿Cómo iba a comprender a Dodo nadie tan bien como Celia ni a amarla con tanta ternura?
Dorothea, ocupada en su tocador, sintió una oleada de placer al ver a su hermana tan pronto después de la revelación de su matrimonio previsto. Se había figurado, incluso con exageración, la repugnancia de sus amistades, y hasta había temido que Celia se mantuviera alejada de ella.
—¡Oh, Kitty, me alegro tanto de verte! —dijo Dorothea, poniendo las manos sobre los hombros de Celia y radiante de alegría—. Casi pensé que no vendrías a mí.
—No he traído a Arthur, porque iba con prisa —dijo Celia, y se sentaron en dos sillitas una frente a la otra, con las rodillas rozándose.
—Sabes, Dodo, es muy malo —dijo Celia, con su tono plácido y gutural, luciendo tan agradablemente libre de caprichos como