partida con el fin de matar el tiempo. Esa noche tenía en los ojos el brillo peculiar y la vivacidad desacostumbrada que en una ocasión le notó el señor Farebrother. El hecho excepcional de su presencia llamó mucho la atención en la sala, donde había bastante concurrencia de Middlemarch, y varios mirones, así como algunos de los jugadores, apostaban con animación. Lydgate estaba jugando bien y se sentía seguro; las apuestas llovían a su alrededor, y con un fugaz y rápido pensamiento sobre la ganancia probable que podría duplicar la suma que estaba ahorrando con su caballo, empezó a apostar en su propio juego y ganó una y otra vez. El señor Bambridge había entrado, pero Lydgate no lo advirtió. No solo estaba emocionado con su juego, sino que ante él brillaban visiones de ir al día siguiente a Brassing, donde se podía encontrar juego a mayor escala y donde, con un potente zarpazo al cebo del diablo, podría arrebatárselo al pez sin el anzuelo y comprar su salvación de los agobios diarios.
Aún iba ganando cuando entraron dos nuevos visitantes. Uno de ellos era el joven Hawley, recién llegado de sus estudios de derecho en la ciudad, y el otro era Fred Vincy, que últimamente había pasado varias veladas en este viejo rincón suyo.
El joven Hawley, un experto jugador de billar, aportó un pulso fresco y sereno al taco. Pero Fred Vincy, desconcertado al ver a Lydgate, y atónito al verlo apostar con aire exaltado, se hizo a un lado y se mantuvo fuera del círculo que rodeaba la mesa.
Fred había estado recompensando su propia resolución con un poco de laxitud últimamente. Había estado trabajando de buena gana durante seis meses en todas las ocupaciones al aire libre bajo las órdenes del señor Garth, y a fuerza de una práctica rigurosa casi había dominado los defectos de su caligrafía; una práctica que tal vez resultaba un tanto