—Más de lo que probablemente consiga en ninguna parte —dijo Lydgate, con un tono bastante áspero y sarcástico—. Le encolerizaba percibir que la mente de Rosamond divagaba entre deseos irrealizables en lugar de afrontar los esfuerzos posibles.
—¿Por qué no ha de mencionar la suma? —dijo Rosamond, con un leve gesto que indicaba que no le agradó su modo de comportarse.
—Bueno —dijo Lydgate con tono adivinado—, se necesitarían al menos mil para dejarme tranquilo. Pero —añadió, cortante—, tengo que pensar en qué haré sin ellos, no con ellos.
Rosamond no dijo más.
Pero al día siguiente llevó a cabo su plan de escribir a Sir Godwin Lydgate. Desde la visita del capitán, había recibido una carta de él, y también otra de la señora Mengan, su hermana casada, dándole el pésame por la pérdida de su hijo y expresando vagamente la esperanza de verla de nuevo en Quallingham. Lydgate le había dicho que aquella cortesanía no significaba nada; pero ella estaba secretamente convencida de que cualquier reticencia por parte de la familia de Lydgate hacia él se debía a su comportamiento frío y despectivo, y había respondido a las cartas de la manera más encantadora, albergando cierta confianza en que le seguiría una invitación en toda regla. Pero había reinado un silencio absoluto. El capitán evidentemente no era muy amigo de la pluma, y Rosamond reflexionó que las hermanas tal vez hubieran estado en el extranjero. Sin embargo, había llegado la estación de pensar en los amigos de casa y, en cualquier caso, a Sir Godwin —quién le había tomado la barbilla y había declarado que era igual a la célebre belleza, la señora Croly, que lo había cautivado en 1790— le conmovería cualquier súplica de su parte y le resultaría grato, por amor a ella, portarse como es debido con su sobrino. Rosamond estaba ingenuamente convencida de lo que debía hacer un anciano para evitarle cualquier disgusto. Y escribió lo que consideraba la