—¡Ellos no, señor Jonas! —dijo la señora Dollop con énfasis—. Sé lo que son los médicos. Son demasiado astutos para que los descubran. Y este doctor Lydgate que ha andado por ahí destripando a todo el mundo antes de que se les fuera bien el aliento del cuerpo, está bastante claro qué uso quería hacer de mirar por dentro a la gente respetable.
De drogas sabe, puede estar seguro, de esas que ni se huelen ni se ven, ni antes de tragarlas ni después. ¡Vaya!, yo misma he visto gotitas recetadas por el doctor Gambit, que es el médico de nuestra mutua y de buena reputación, y ha traído al mundo más niños vivos que ningún otro en Middlemarch; ¡digo que yo misma he visto gotitas que daba igual que estuvieran en el vaso o fuera, y sin embargo le retuercen a una las tripas al día siguiente!
Así que dejo que sea su propio juicio el que juzgue. ¡A mí que no me vengan con milongas! Todo lo que digo es que es una gran suerte que no hayan contratado a este doctor Lydgate para nuestra mutua. Hubiera habido más de una madre cuyo hijo lo habría pagado caro.
Los temas principales de esta discusión en «Dollop's» habían sido el asunto común de todas las clases sociales del pueblo, habían llegado tanto a la vicaría de Lowick como a Tipton Grange, habían llegado a oídos de la familia Vincy sin faltar un solo detalle y habían sido comentados con triste compasión hacia la «pobre Harriet» por todas las amistades de la señora Bulstrode, antes de que Lydgate supiera con claridad por qué la gente lo miraba extrañamente y antes de que el propio Bulstrode sospechara la filtración de sus secretos.
No había estado acostumbrado a mantener relaciones muy cordiales con sus vecinos, por lo que no pudo echar de menos las muestras de cordialidad; además, había estado haciendo viajes por asuntos de diversa índole, pues ya se había decidido a no abandonar Middlemarch y, en consecuencia, se sentía capaz de resolver asuntos que antes había dejado en suspenso.