Había una crueldad entumecedora en su situación. Aun si renunciara a cualquier otra consideración que no fuera la de justificarse —si respondiera a los encogimientos de hombros, las miradas frías y las evasivas como a una acusación, y hiciera una declaración pública de todos los hechos tal como los conocía—, ¿quién se convencería?
Sería jugar el papel de un necio ofrecer su propio testimonio en su favor y decir: «No tomé el dinero como un soborno». Las circunstancias siempre serían más fuertes que su aseveración.
Y, además, presentarse y contarlo todo sobre sí mismo tendría que incluir declaraciones acerca de Bulstrode que ensombrecerían las sospechas de los demás en su contra. Tendría que decir que no había sabido de la existencia de Raffles cuando le mencionó por primera vez su necesidad urgente de dinero a Bulstrode, y que tomó el dinero inocentemente como resultado de esa comunicación, sin saber que un nuevo motivo para el préstamo podría haber surgido al ser llamado junto a este hombre. Y, después de todo, la sospecha sobre los motivos de Bulstrode podría ser injusta.
Pero entonces surgió la cuestión de si habría actuado exactamente de la misma manera de no haber aceptado el dinero. Ciertamente, si Raffles hubiera seguido con vida y sujeto a nuevos cuidados al llegar, y Lydgate hubiera imaginado entonces alguna desobediencia a sus órdenes por parte de Bulstrode, habría hecho una investigación estricta, y de haberse verificado su conjetura habría abandonado el caso, a pesar de su reciente y pesada obligación. Pero si no hubiera recibido dinero alguno—si Bulstrode nunca hubiera revocado su fría recomendación de bancarrota—, ¿se habría abstenido él, Lydgate, de toda averiguación aun al encontrar al hombre muerto?—, ¿habrían tenido exactamente la misma fuerza o significado para él el recelo ante una ofensa a Bulstrode—, la ambigüedad de todo tratamiento