Y ahora buenos días a nuestras almas despiertas que no se vigilan la una a la otra por miedo; pues el amor domina todo amor por otras vistas y hace de una pequeña habitación, un todas partes.
En la segunda mañana tras la visita de Dorothea a Rosamond, había dormido dos noches seguidas profundamente y no solo había perdido todo rastro de fatiga, sino que sentía como si tuviera una gran reserva de fuerzas superfluas; es decir, más fuerzas de las que podía lograr concentrar en cualquier ocupación. El día anterior, había dado largos paseos fuera de los terrenos y había hecho dos visitas a la casa rectoral; pero en su vida le había contado a nadie la razón por la cual pasaba el tiempo de esa manera infructuosa, y esa mañana estaba bastante enojada consigo misma por su inquietud infantil. Hoy iba a transcurrir de un modo muy distinto. ¿Qué había que hacer en el pueblo? ¡Dios mío! Nada. Todo el mundo estaba bien y tenía franela; a nadie se le había muerto el cerdo, y era sábado por la mañana, cuando se dedicaban a fregar a fondo puertas y umbrales, y cuando era inútil ir a la escuela. Pero había varios temas sobre los cuales Dorothea intentaba poner en claro sus ideas, y decidió sumergirse enérgicamente en el más grave de todos. Se sentó en la biblioteca ante su particular montoncito de libros de economía política y asuntos afines, de los cuales intentaba extraer algo de luz sobre la mejor manera de gastar el dinero para no perjudicar al prójimo o —lo que viene a ser lo mismo— para hacerle el mayor bien posible.