conclusiones se veía debilitado por su repugnancia hacia cualquier conclusión posible y el acto consiguiente. Veía a menudo al señor Bulstrode, pero no intentaba aprovechar ninguna ocasión para su propósito privado. En un momento pensaba: «Le escribiré una carta; prefiero eso a cualquier rodeo verbal»; en otro pensaba: «No; si estuviera hablando con él, podría retirarme ante cualquier señal de desgana».
Aun así los días pasaban y no se escribía ninguna carta, ni se solicitaba ninguna entrevista especial. Al encogerse ante la humillación de una actitud de dependencia hacia Bulstrode, comenzó a familiarizar su imaginación con otro paso aún más ajeno a su yo recordado.
Empezó a considerar espontáneamente si sería posible llevar a cabo aquella pueril ocurrencia de Rosamond que a menudo lo había enfadado, a saber, que debían abandonar Middlemarch sin ver nada más allá de aquel prólogo.
Surgió la pregunta: «¿Le compraría alguien mi consulta ni siquiera ahora, por poco que valga? Entonces la venta podría realizarse como un preparativo necesario para marcharse».