Él levantó su gran mano blanca para obedecerla, y se sintió agradecido por esa pequeña muestra de interés hacia él. La errabunda fantasía de la pobre Rosamond había regresado terriblemente azotada, lo bastante mansa como para cobijarse bajo el viejo y antes despreciado refugio. Y el refugio seguía allí: Lydgate había aceptado su destino menguado con triste resignación. Había elegido a aquella criatura frágil y había tomado sobre sus brazos la carga de la vida de ella. Tenía que marchar como pudiera, transportando compasivamente ese fardo.
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LXXXI
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