Doy gracias al Señor por haberse llevado a Mis Hijos con Él, si eso es todo lo que la ley puede hacer por los huérfanos. Entonces, según eso, no sirve de nada quiénes sean tu padre y tu madre. Pero en cuanto a escuchar lo que dice un abogado sin consultar a otro—me extraña de un hombre de su talento, señor Dill. Es bien sabido que siempre hay dos bandos, cuando no más; si no, ¿quién iría a los tribunales, me gustaría saber? Es una pena, con toda la ley que hay por todas partes, que no sirva para nada demostrar de quién eres hijo. Fletcher podrá decir eso si le parece, ¡pero yo digo que a mí que me valla con cuentos Fletcher!
El señor Dill fingió reírse de manera aduladora de la señora Dollop, considerándola una mujer más que capaz de vérselas con los abogados; pues estaba dispuesto a tolerar muchas burlas por parte de una patrona a quien le debía una larga cuenta.
—Si van a los tribunales, y es verdad todo lo que dice la gente, hay que mirar más allá del dinero —dijo el vidriero—. Está esta pobre criatura que ya ha fallecido; por lo que alcanzo a entender, hubo tiempos en que fue un caballero mucho más fino que Bulstrode.
—¡Hombre más fino! Respondo por él —dijo la señora Dollop—; y mucho más apuesto, por lo que tengo entendido. Como le dije al señor Baldwin, el recaudador de impuestos, cuando entra, plantado ahí donde usted se sienta, y dice: «Bulstrode consiguió todo el dinero que trajo a este pueblo robando y estafando», le dije yo: «No me descubre nada nuevo, señor Baldwin: se me ha helado la sangre al mirarlo desde el momento en que vino aquí, a Slaughter Lane, con intenciones de comprar la casa por encima de mi cabeza; la gente no tiene el color del artesón de amasar ni lo mira a uno como si quisiera verle la espina dorsal por nada». Eso fue lo que dije, y el señor Baldwin puede darme la razón.
—Y con razón, además —dijo el señor Crabbe—. Porque, por lo que alcanzo a entender, este Raffles, como lo llaman, era un hombre vigoroso