“Haremos un viaje a Cheltenham en el curso de un mes o dos”, le había dicho a su esposa. “Hay grandes ventajas espirituales que se pueden obtener en esa ciudad junto con el aire y las aguas, y seis semanas allí nos resultarán eminentemente renovadoras”.
Él creía firmemente en las ventajas espirituales, y pretendía que su vida en adelante fuera tanto más devota debido a aquellos pecados tardíos que se representaba a sí mismo como hipotéticos, rezando hipotéticamente por su perdón: «si en esto he transgredido».
En cuanto al Hospital, evitó decirle nada más a Lydgate, temiendo manifestar un cambio de planes demasiado repentino inmediatamente después de la muerte de Raffles.
En lo más íntimo de su alma creía que Lydgate sospechaba que sus órdenes habían sido desobedecidas intencionadamente, y al sospechar esto debía de sospechar también un motivo. Pero no se le había revelado nada sobre la historia de Raffles, y Bulstrode temía hacer algo que diera relieve a sus indefinidas sospechas.
En cuanto a cualquier certeza de que un método particular de tratamiento salvaría o mataría, el propio Lydgate argumentaba constantemente contra tal dogmatismo; no tenía derecho a hablar, y tenía todos los motivos para guardar silencio. De ahí que Bulstrode se sintiera protegido por la providencia.
El único incidente ante el cual se había estremecido vivamente había sido un encuentro ocasional con Caleb Garth, quien, sin embargo, se había quitado el sombrero con suave gravedad.
Mientras tanto, por parte de los principales habitantes de la ciudad iba creciendo una firme determinación en su contra.
Había de celebrarse una reunión en el ayuntamiento sobre una cuestión sanitaria que había adquirido urgente importancia a raíz de un caso de