haciendo un buen uso social de este banquero preeminente, cuyas opiniones le parecían despreciables y cuyos motivos se le antojabana menudo una mezcla absurda de impresiones contradictorias, que se había estado creando a sí mismo fuertes obstáculos ideales para presentarle cualquier petición considerable en beneficio propio.
Aun así, a principios de marzo sus asuntos habían llegado al punto en el que los hombres empiezan a decir que sus juramentos fueron prestados por ignorancia, y a percibir que el acto que habían calificado de imposible para ellos se está volviendo claramente posible.
Con la fea seguridad de Dover a punto de hacerse efectiva, con los ingresos de su consulta inmediatamente absorbidos en el pago de deudas anteriores, y con la posibilidad, de saberse lo peor, de que se le negaran los suministros diarios a crédito, sobre todo con la visión del descontento desesperado de Rosamond persiguiéndole continuamente, Lydgate había empezado a ver que inevitablemente tendría que doblegarse a pedir ayuda a alguien.
Al principio se había planteado si debería escribir al señor Vincy; pero al interrogar a Rosamond descubrió que, como ya sospechaba, ella ya había recurrido dos veces a su padre, la última vez desde el chasco con sir Godwin; y papá había dicho que Lydgate tenía que apañárselas por sí mismo.
«Papá dijo que, entre un año malo y otro, había tenido que comerciar cada vez más con capital prestado, y que había tenido que renunciar a muchos caprichos; no podía prescindir ni de un solo centenar de los gastos de su familia. Dijo que Lydgate le pidiera a Bulstrode: siempre han sido uña y carne».
En realidad, el propio Lydgate había llegado a la conclusión de que, si tenía que terminar pidiendo un préstamo a fondo perdido, su relación