El rostro de O’Leary estaba medio girado hacia otro lado, casi de perfil. Miraba la puerta principal, la miraba con una intensidad que de pronto se convirtió en felicidad cuando apareció una chica. Era la chica a la que Angel Grace había llamado Nancy Regan. Ya he dicho que era simpática. Bueno, pues lo era. Y el coqueto sombrerito azul que le ocultaba todo el pelo no le restaba ni pizca de simpatía esta noche.
El pelirrojo se puso en pie de un salto y apartó de un empujón a un camarero y a un par de clientes para ir a su encuentro. Como premio a su entusiasmo, se llevó unos insultos que pareció no escuchar y una sonrisa de ojos azules y dientes blancos que era, bueno, bonita. La llevó de vuelta a su mesa y la sentó frente a mí, mientras él se sentaba muy de frente a ella.
Su voz era un murmullo de barítono del cual mis oídos fisgones no alcanzaban a captar ninguna palabra.
Parecía estar contándole muchas cosas, y ella escuchaba como si le agradara.
“Pero, Reddy, querido, no deberías”, dijo ella en cierta ocasión. Su voz —conozco otras palabras, pero nos quedaremos con esta— era agradable. Además de la musicalidad que poseía, tenía categoría. Fuera quien fuese la querida de aquel pistolero, o había tenido un buen comienzo en la vida o se había aprendido muy bien la lección. De vez en cuando, cuando la orquesta tomaba aire, lograba captar algunas palabras, pero no me decían nada salvo que ni ella ni su alborotador compañero de juegos se guardaban rencor.
El antro estaba casi vacío cuando ella entró. A las diez estaba bastante lleno, y las diez es temprano para la clientela de Larrouy. Empecé a prestar menos atención a la chica de Red—por muy maja que fuera—y más a mis otros vecinos. Me llamó la atención que no se veían muchas mujeres por allí. Al comprobarlo, descubrí que había malditas pocas