Era mi primera experiencia con una muleta. No batí ningún récord. Pero fue mucho mejor que ir tambaleándome con un tobillo malo y sin ayuda.
La colina era más larga y empinada que algunas montañas que he visto, pero por fin pisaba el sendero de grava que llevaba a la casa de los rusos.
Aún me encontraba a una docena de pies del porche cuando la princesa Zhukovski abrió la puerta.