—Si quiere evitar el tipo de publicidad indeseado —dije—, su mejor opción es difundir primero el adecuado. Anunciemos que ha desaparecido, llenemos los periódicos con sus fotos y todo eso. Le darán mucha cobertura. Es su cuñado y es un poeta. Podemos decir que ha estado enfermo —usted me dijo que su salud ha sido delicada toda la vida— y que tememos que haya caído muerto en alguna parte o que sufra algún trastorno mental. No habrá necesidad de mencionar a la chica ni el dinero, y nuestra explicación puede evitar que la gente —especialmente su esposa— adivine la verdad cuando se filtre el hecho de que ha desaparecido. De un modo u otro, terminará por filtrarse.
No le gustó mi idea al principio, pero al final logré convencerlo.
Subimos entonces al apartamento de Pangburn, consiguiendo entrar sin dificultad gracias a la explicación de Axford de que teníamos una cita con él y esperaríamos allí su llegada.
Recorrí las habitaciones centímetro a centímetro, escudriñando cada rincón, hueco y rendija; leyendo todo cuanto había escrito en cualquier parte, hasta sus propios manuscritos, y no encontré nada que arrojara algo de luz sobre su desaparición.
Me tomé la libertad de coger sus fotografías —guardándome en el bolsillo cinco de la docena más o menos que había allí. Axford creía que ninguna de las maletas ni baúles del poeta faltaba en el depósito de equipajes. No encontré su libreta de depósitos de la Golden Gate Trust Company.
Pasé el resto del día llenando los periódicos con lo que queríamos que publicaran; y le dedicaron a mi excliente un despliegue grandioso: información en primera plana con fotografías y todos los adornos posibles. Todo aquel en San Francisco que no supiera que Burke Pangburn —cuñado de R. F. Axford y autor de Parches de arena y otros versos— estaba desaparecido, o no sabía leer o no le importaba.