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nydus/Continental Op StoriesPublic
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IV

—Tómate un culito a mi salud, Parker.

Le dije que me quedaría con el escocés.

—Tómate un trago de C. si prefieres —me invitó.

Rechacé la cocaína, así que se tendió cómodamente en el suelo junto a la mesa, armó y preparó una pastilla, y nuestra velada continuó —él fumando su hop y yo castigando el licor—, cada uno de nosotros hablando todavía para beneficio del otro, y tratando de hacer que el otro hablara para el nuestro.

Yo estaba controlando un lindo paquete cuando entró Kewpie, a medianoche.

“Parece que se están divirtiendo”, se rio, inclinándose para besar el cabello revuelto del inglés mientras pasaba por encima de él.

Se sentó en la orilla de la mesa y alargó la mano para coger el whisky.

—Todo precioso —le aseguré, aunque probablemente no lo dije con tanta claridad.

Por entonces andaba librando una batalla conmigo mismo. Se me metió en la cabeza que quería bailar. Allá en Yucatán, cuatro o cinco meses antes —andando tras la pista de un muchacho que le había robado al banco donde trabajaba—, había visto a unos nativos bailar el naual. Y aquel baile del naual era lo único en el mundo que me apetecía hacer en ese preciso instante. (¡Llevaba una moña monumental!). Pero sabía que si me quedaba quieto —tal como había estado sentado toda la noche—, podía mantener la carga bajo control, mientras que moverme un poco no iba a bastar para echarme al suelo.

No recuerdo si al final vencí el deseo de bailar o no. Recuerdo a Kewpie sentada en la mesa, dedicándome su sonrisa de muchacho y diciendo:

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