Era una muchacha de unos veinticinco años, de estatura mediana, complexión robusta, con ojos gris pálido que tenían pequeñas bolsas debajo, nariz gruesa y labio inferior prominente.
No llevaba sombrero sobre su cabello castaño. Su cuerpo estaba envuelto en una larga capa azul.
Desde la farmacia la seguí de regreso a la casa de los Gungen. Entró por la puerta trasera. Una criada, probablemente, pero no la sirvienta que me había abierto la puerta más temprano en la noche.
Regresé a mi auto, volví a conducir hacia el pueblo, a la oficina.
—¿Está Dick Foley en algo? —le pregunté a Fiske, que se encarga de los asuntos de la Agencia de Detectives Continental por la noche.
—No. ¿Alguna vez oíste la historia del tipo al que operaron del cuello?
Con el más mínimo estímulo, Fiske es capaz de soltar una docena de historias seguidas, así que le dije:
—Sí. Localiza a Dick y dile que tengo un trabajo de vigilancia por la zona de Westwood Park para que empiece mañana por la mañana.
Le di a Fiske —para que se la hiciera llegar a Dick— la dirección de Gungen y la descripción de la muchacha que había hecho la llamada desde la farmacia. Luego le aseguré al noctámbulo que yo también había oído el cuento del negrito llamado Opium, y asimismo el de lo que el viejo le dijo a su esposa en las bodas de oro. Antes de que pudiera ponerme a prueba con otro, me escapé a mi propia oficina, donde redacté y cifré un telegrama para nuestra sucursal de Los Ángeles, pidiendo que se investigara la reciente visita de Main a esa ciudad.
A la mañana siguiente, Hacken y Begg pasaron a verme y les conté la versión de Gungen sobre por qué los veinte mil estaban en efectivo. Los