—Una mala pasada para él —expliqué—. A Red O’Leary le dio por complicarse con amor y vanidad. No se le puede achacar eso a Papadopoulos. No te hagas la idea de que es medio tonto. Es peligroso, y no culpo a las compañías de seguros por pensar que dormirán mejor si están seguras de que no anda por ahí donde pueda urdir más tretas contra los bancos asegurados por ellos.
–No sabes mucho de este Papadopoulos, ¿verdad?
—No. —Dije la verdad—. Y nadie lo sabe. La oferta de los cien dólares —digo, de los cien mil— convirtió en ratas a la mitad de los criminales del país. Lo persiguen con tanto afán como nosotros, no solo por la recompensa, sino por sus traiciones a gran escala. Y saben tan poco de él como nosotros: que ha metido las manos en una docena de golpes o más, que fue el cerebro detrás de las triquiñuelas con bonos de Bluepoint Vance, y que sus enemigos tienen la costumbre de morir jóvenes.
Pero nadie sabe de dónde salió, ni dónde vive cuando está en su casa. No creas que lo estoy promocionando como a un Napoleón o a un supervillano de suplemento dominical, pero es un viejo escurridizo y astuto. Como dices, no sé gran cosa sobre él; pero hay mucha gente sobre la que no sé gran cosa.
Tom-Tom Carey asintió para demostrar que había entendido la última parte y comenzó a liar su tercer cigarrillo.
—Yo estaba en Nogales cuando Angel Grace Cardigan me mandó aviso de que se habían cargado a Paddy —dijo. —Eso fue hace casi un mes. Le parecía que yo me vendría zumbando para acá enseguida, pero a mí me importaba un bledo. Dejé que pasara el tiempo. Pero la semana pasada leí en un periódico sobre toda esta pasta de recompensa que están ofreciendo por el hombre a quien ella echa la culpa del achicharramiento de Paddy. Eso lo cambió todo; cien mil