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nydus/Continental Op StoriesPublic
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II

Al llamar por teléfono a la oficina del difunto Taylor Newhall, me dijeron que, si quería alguna información sobre sus asuntos, probara en su residencia de campo, a unas cuantas millas al sur de San Francisco. Lo probé.

Una voz ministerial que dijo pertenecer al mayordomo me indicó que el abogado de Newhall, Franklin Ellert, era la persona a la que debía ver. Fui a la oficina de Ellert.

Era un viejo nervioso e irritable, con un ceceo y unos ojos saltones a causa de la presión arterial.

—¿Hay alguna razón —pregunté sin rodeos— para suponer que el asesinato de Newhall fue algo más que un arrebato de bandidos mexicanos? ¿Es probable que lo mataran a propósito y no por resistirse a la captura?

A los abogados no les gusta que los cuestionen. Este soltó balbuceos, me hizo muecas, hizo que sus ojos se salieran aún más y, por supuesto, no me dio ninguna respuesta.

—¿Cómo? ¿Cómo? —espetó de mal talante—. ¡Exthplíquethe, thir!

Me miró con fiereza y luego al escritorio, revolviendo papeles con manos febriles, como si buscara un silbato de policía. Le conté mi historia; le hablé de Tom-Tom Carey.

Ellert farfulló algo más, exigió: «¿Qué demonios queréis decir?» y armó un completo revoltijo con los papeles de su escritorio.

—No quiero decir nada —le devolví el gruñido—. Solo te estoy diciendo lo que se dijo.

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