A medida que el taxi se alejado del café, el Cadillac fue tras él. Corrí tras la estela del Cadillac.
Fue una persecución corta.
El taxi dobló hacia una manzana oscura en el límite de Chinatown. El Cadillac se le echó encima, obligándolo a arrinconarse contra la acera.
Un ruido de frenos, gritos, cristales rotos. El grito de una mujer. Siluetas moviéndose en el escaso espacio entre el coche de turismo y el taxi. Ambos vehículos tambaleándose. Gruñidos. Golpes sordos. Insultos.
La voz de un hombre:
«¡Ey! ¡No puedes hacer eso! ¡Basta! ¡Basta!»
Era una voz estúpida.
Había disminuido la velocidad hasta que el cupé avanzaba casi a paso de hombre hacia aquel forcejeo que tenía delante. Atisbando a través de la lluvia y la oscuridad, intenté distinguir algún detalle a medida que me acercaba, pero apenas pude ver nada.
Me hallaba a menos de veinte pies cuando la puerta del taxi que daba al bordillo se abrió de golpe. Una mujer salió saltando. Cayó de rodillas sobre la acera, se puso en pie de un salto y salió huyendo calle arriba.
Aproximando el cupé más al bordillo, dejé que la portezuela se abriera de un empujón. Mis ventanillas laterales estaban salpicadas de lluvia. Quería echar un vistazo a la mujer cuando pasara. Si tomaba la puerta abierta como una invitación, no me importaría hablar con ella.
Aceptó la invitación, dirigiéndose al coche con tanta prisa como si hubiera estado esperando que la aguardara.
Su rostro era un pequeño óvalo sobre un cuello de piel.