“Creo que los recuerdo —dijo la señora Richter—. Mi esposo, el señor Richter, le preguntó: «¿Qué pasa, Molloy? ¿Estás herido o enfermo?»”.
“Molloy soltó una pequeña risa, poniéndose una mano en el pecho, y dijo: «No es gran cosa. Me crucé con un siamés que me estaba buscando de camino hacia aquí, y me descuidé y dejé que mearañara. ¡Pero conservé mi paquetito!». Y volvió a reír, y palmeó el envoltorio”.
—¿Dijo algo más sobre el siamés?
—No directamente —respondió ella—, aunque sí nos dijo que estuviéramos atentos por si veíamos a algún asiático por el vecindario. Dijo que no habría dejado el paquete si hubiera pensado que nos traería problemas, pero que siempre existía la posibilidad de que algo saliera mal y que valía la pena tener cuidado. Y le dijo a mi marido —asintiendo hacia Richter— que los siameses lo habían estado acosando durante meses, pero que ahora que tenía un lugar seguro para el paquete iba a «sacarlos a pasear y se olvidaría de traerlos de vuelta». Así fue exactamente como lo